Inocencio y el joyero
Había una vez, un hombre ingenuo llamado Inocencio.
Inocencio llegó a un pueblo muy bonito de gente astuta. Llegó hambriento después de un largo camino. No tenía dinero, pero en sus alforjas tenía una piedra preciosa de gran valor. Como había hecho en otros pueblos, tocó en las puertas de los vecinos para ver si alguien requería algún servicio con el que ganarse el alimento pero, el pobre ingenuo, no sabía que en ese pueblo todos eran muy astutos y nadie se fiaba de los forasteros…
Inocencio no pensó que desconfiasen de él, sencillamente lo interpretó como que nadie necesitaba de sus servicios. Así que decidió acudir al único joyero del pueblo para vender su piedra preciosa, y con ello, poder comer y establecerse en ese pueblo tan precioso.
El joyero era gran experto y pronto descubrió el tesoro que tenía entre sus manos… Pero sus ojos siguieron tranquilos, incluso mostrando indiferencia para no desvelar al cándido viajero, el auténtico valor de su mercancía, y así conseguir la valiosa joya a precio de baratija…
Su intención no era estafarle, sencillamente quería hacer el mejor negocio, pero Inocencio no era nada negociante y se fió totalmente del criterio del joyero, pues para eso era el experto.
El caso fue que el joyero logró vender a muy bajo precio la piedra preciosa, y aun así, Inocencio se fue agradecido por su ayuda. Compró alimento y montó un pequeño taller contratando a dos ayudantes.
Mientras, el joyero, con su astuta y rentable operación, pudo mejorar su negocio y se hizo más influyente y poderoso dentro del pueblo.
Inocencio, al no contar con mucho dinero, pronto se vio necesitado y tuvo que pedir un préstamo. Como no, fue a su amigo el joyero, y puso como aval el taller.
Todo iba bien hasta que llegó un momento en que el pueblo perdió prosperidad, pues ningún forastero quería arriesgar su dinero en un pueblo de gente tan astuta. El taller de Inocencio pasó una mala racha y apenas podía pagar los sueldos de sus empleados. Él y su familia, comenzaron a pasar hambre y decidió vender el taller al joyero. Así lo hizo, vendió, recogió y se fue.
Sus empleados le dijeron que era un traidor por abandonarles y dejar de jefe al joyero, un explotador que no sabía de artesanía… pero así es la vida.
Una noble señora de vestiduras blancas, se enteró de que existía un artesano competente sin trabajo y decidió contratarle en su castillo. A él y su familia, y a partir de su momento, Inocencio se hizo popular entre la nobleza y se convirtió en el artesano mayor del Reino. Su esposa se convirtió en dama acompañante de la Reina, y los hijos jugaban y estudiaban con los hijos de los nobles. Todo gracias a que los astutos le habían exprimido…
El poderoso joyero se moría de envidia y además, tenía que sufrir constantemente, los engaños y revueltas de sus astutos empleados. Nadie se fiaba ya del joyero, y este siendo muy rico se moría en soledad y sin dejar descendencia…
En el pueblo, había pugnas por convertirse en el heredero pero el joyero hizo llamar a Inocencio y le dio toda su fortuna. Los astutos vecinos se morían de envidia, “¡cómo es posible que este idiota sea tan influyente, tan famoso y tan rico!”, pero Inocencio no sentía resentimiento. Al contrario, recordaba con alegría los buenos momentos vividos en el pueblo de los astutos y decidió invertir toda la herencia en sacar ese pueblo de la pobreza. Los astutos se indignaron y no lo aceptaron…
Inocencio no entendía nada pero se fue, y con su herencia ayudó al pueblo de los ingenuos, que aunque también eran pobres, estaban siempre contentos y vieron ese donativo como un don inmerecido que celebraron por todo lo alto.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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