El reino que se planteó el derecho a mear desde el balcón
Érase una vez un rey borracho que salió al balcón y se puso a mear desde la barandilla. Sus compañeros de juerga se lo pasaban muy bien con la conducta del rey pero la gente que pasaba por la calle quedó abochornada por ese comportamiento pero nadie se atrevió a protestar por temor a las represalias.
Para los adultos del reino quedó como una anécdota para olvidar pero para los adolescentes fue todo una referencia de diversión, libertad y autoafirmación.
Los transeúntes, al verse sorprendidos por tal desagradable lluvia comenzaron a quejarse, indignados. Hicieron un escrito formal y levantaron una demanda pública contra los supuestos agresores urinarios.
Los jueces se reunieron y comenzaron a debatir sobre el asunto. Diversas eran las valoraciones que se hacían de los hechos pero, al fin y al cabo ellos estaban puestos ahí por el rey, y si sentenciaban en contra de esa conducta, estaban acusando a su majestad de cometer una falta…
Las semanas iban pasando y el debate sobre el tema se oía en todas las esquinas. Muchos comenzaron a ver en esto, una manifestación de progresismo y se prodigaban en la conducta. Incluso hacían reuniones y meaban en equipo un chorreo espectacular.
Otros sin embargo, se enfadaban por la falta de cordura y organizaban manifestaciones en contra: “Mea feliz, mea contento pero coño mea por dentro”.
Tras varias semanas de reuniones y debates, los jueces se pronuncian bajo la mirada de todos:
- “Este ilustre tribunal decide que a nadie se le obligará a orinar desde el balcón, pero quien piense que debe hacerlo, debe poder hacerlo”.
Las protestas de algunos, sobre todos los que tenían sus puestos de trabajo en la calle, proliferaron pero eran acalladas por considerárseles fundamentalistas, intolerantes y de espíritu antimoderno.
Estas personas no cabían en su asombro pero cuanto más hablaban más acusaciones recibían: “insolidarios, que sólo pensáis en vuestro trabajo”, “meofobos, que no respetáis a los meofilos” (que mea el el “filo” del balcón).
Con la nueva ley, se reúne al parlamento y comienzan a negociar todo una serie de decretos para llevar a cabo la ley:
A nadie se le obligará a orinar desde el balcón, pero quien piense que debe hacerlo, debe poder hacerlo.
Para garantizar este derecho y teniendo en cuenta los accidentes que se han producido, será obligatorio acondicionará los balcones con arneses de seguridad. Quien no se ponga el arnes para miccionar será sancionado.
Los ayuntamientos ofrecerán ayudas para que los trabajadores con puestos en la calle, puedan adquirir toldos protectores.
Para garantizar la seguridad e higiene de los viandantes, deberán moverse con un impermeable homologado. De no cumplir con esta normativa, serán sancionados.
Los políticos estaban orgullosos de sus medidas pero no contemplaron las posibilidades creativas de los ciudadanos, que comenzaron a manifestarse desde el balcón mediante otras formas de excreción.
Se abrió nuevamente el debate… y los vendedores de papel higiénico industrial comenzaron a frotarse las manos.
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