miércoles, 2 de mayo de 2007

¿Cómo piensas que hay que baila con la Vida?

Has ido acumulando experiencia y “ya sabes como se las gastan por ahí fuera”. Quieres que tus hijos sean buenos pero “que no se las den con queso”… “que no sean unos pardillos”… Parece ser, que “el que se mueve no sale en la foto”. En fin, podríamos seguir diciendo toda una retahíla de frases de padres buenos pero resabiados porque quizás, “la vida les ha hecho bailar con la más fea”. Quizás, no se dan cuenta que no ha sido la vida quien les ha dado la más fea, sino que han sido ellos mismos quienes la eligieron y aún se empeñan en que la sigan eligiendo sus hijos…

Podríamos estar de acuerdo en que a nadie le gusta bailar con la más fea y eso significa que buscamos el éxito. Queremos bailar con el Ser más atractivo y amable; quieres bailar con el más “guapo”.

Quieres triunfar en la vida, y en buena parte pasa por lograr que tus hijos alcancen el éxito; en el trabajo, en el amor, con las amistades, con su salud, su seguridad… pero mantienes tus lógicas dudas. “No es fácil encontrar gente en la que poder confiar”, “y si me sale mal… luego encima te pasan la factura”.

Me he encontrado muchos padres desengañados ante lo que aprendieron en su más tierna infancia sobre lo que significaba “ser un niño bueno y dócil”, respetar al prójimo, tener buena voluntad, ser honrado… Creo que es porque se han sentido perjudicados en la feroz competición por el éxito, pues el niño bueno y obediente es pisoteado por los sinvergüenzas y caraduras, que van alcanzando las mejores y más altas cotas de poder y bienestar... Al pasar lo años, muchos padres de van abandonando, tal vez, dejan de ir a Misa y de hacer aquello en que insistían “los curas”, decepcionados al comprobar que los que triunfan en la vida según la nueva visión de adultos “astutos”, son los que se saltan las normas a la torera y son unos irresponsables: - “y uno, tratando de cumplir su deber, de ser una buena persona. No hago más que pagar impuestos, multas, trabajar, atender responsabilidades familiares… vamos, un auténtico ‘pringa’o’, un panoli, un imbécil… Todo el mundo roba y se da la buena vida y yo aquí el gran capullo, cobrando una porquería, tomándome una pizza de Macario el sábado por la noche y viendo El Oso Pumpun y sus amigos con mis hijos y mi mujer mientras mis compañeros de oficina están con la juerga del congreso”.

“Bien, por supuesto que quiero que mi hijo sea decente, pero no quiero en absoluto que sea un imbécil. Quiero que tenga éxito y sea feliz por encima de todo; que lleguen holgados a fin de mes, que reciban las felicitaciones de sus jefes, o por que no, que sean ellos los jefes…”

Todo esto parece comprensible y sobre todo cuando en la vida nos encontramos situaciones como la de PATRICIO

Hace tiempo, PATRICIO acudió para hablar conmigo y me contó que llevaba una semana sin poder apenas dormir porque después de trabajar dos meses en un proyecto, robándole tiempo a su familia, a sus prácticas religiosas, a sus fines de semana e incluso poniendo dinero de su bolsillo, llegó CONSTANTINO, su jefe de departamento y se apropió de todo el proyecto como si fuera mérito suyo. Es más, no tuvo ni el detalle de mencionarlo.

PATRICIO ante tal situación se siente muy frustrado y desea que sus hijos no se encuentren nunca igual que su padre: “hijo mío, si quieres triunfar en esta vida tienes que esperar que otros trabajen para que ellos se agoten, luego, sin que se den cuenta, les quitas su trabajo, recibes las felicitaciones y asciendes en tu trabajo”… (y el hijo contesta) - ¡Papá!, ¿te encuentras bien?... (Y prosigue el padre) “Mira hijo, hay que ser buenos, pero no tontos” Su hijo, se quedó mirándole con cara de pez mientras trataba de asimilar el contradictorio mensaje de su padre.

PATRICIO es un padre normal que trabaja en una típica empresa española con un horario exigente y el sueldo ajustado. Su sentimiento de insatisfacción es grande pues sabe que vale mucho más de lo que hace, sin embargo, su valor no es apreciado de la forma que él quisiera.

PATRICIO educado desde su más tierna infancia en un ambiente cristiano tiene presente los diez mandamientos de la Ley de Dios que si bien no sabría decirlos de carrerilla, sabe que “conviene ser bueno y amar al prójimo, y si uno prefiere amarse a sí mismo más que a Dios, sencillamente está desertando de lo divino, como renunciar al Cielo, y entonces aparece como un fantasma la imagen del Infierno”. Estos principios de amor y de miedo le inhiben sus deseos de venganza pero más por miedo que por amor, pues en vez de aceptar y perdonar, muestra su rabia en la barra de un bar, desahoga su mal humor con la familia y contesta de mala manera a la quiosquera, lo que afectará a su salud, a su relación sentimental y al coleccionable sobre historia de la navegación que estaba comprando semanalmente y lleva dos números de retraso.

Aunque PATRICIO dedica largos ratos a darle vueltas en la cabeza sobre como su jefe de departamento puede ser tan hp y como podría enseñar a ese “mal nacido” a ser mejor persona pero estos pensamientos son engañosamente constructivos, pues realmente no pretenden ayudar a su jefe, sino camuflan deseos reprimidos de venganza que cuando afloran en plenitud en forma de pensamientos tenebrosos, hunden a PATRICIO y le amargan la vida, amargándosela, y amargándosela a quienes con él conviven.

Pero no sólo es un engañoso deseo de ayudar a su jefe, sino que el colmo está en que además le envidia y desearía tener su suerte.

Los amigos de PATRICIO han tratado de comprenderle: -hay que ver lo que te ha hecho pero todo ha quedado en unos torpes comentarios críticos… PATRICIO se quedó con el consuelo pero CONSTANTINO se hizo con el proyecto, esa es la realidad y en la realidad, lo que la gente recuerda es: ¡que buen proyecto de CONSTANTINO! y PATRICIO tiene sensación de “Pringado Existencial”.

Todo el mundo admira a CONSTANTINO porque triunfa… “De acuerdo, es ‘un tiburón’ y utiliza unos métodos un tanto dolorosos para sus víctimas pero esta vida es una jungla y tenemos que preparar a nuestros hijos para ser tiburones, pues comes o te comen…”Pero señor “delfín”, si usted no es un “tiburón”, ¿por qué quiere que sus hijos sí lo sean? Yo no conozco a sus hijos pero no sé porque curiosa intuición, pienso que usted, siendo un delfín, probablemente haya querido casarse con un delfín de género opuesto, ¿Y sabe que suele salir de esa relación… “delfinitos”.Ya pero es eso, que si le damos una educación de tiburón se adaptarán mejor a este mundo tan duro”. Aunque pienso que no es cierta esta hipótesis no la discutiré, pues lo que si me interesa recalcar es la inadaptación con la propia identidad que si se crea y por lo que desaconsejo rotundamente esta estrategia. Querer que los defines sean tiburones a fuerza de fármacos, psicopedagogos, adaptaciones curriculares, psiquiatras… sólo servirá para conseguir el ridículo resultado de un delfín comportándose como un tiburón. Patético. Tendrá que cambiarse la dentadura, afilarse las aletas y tendrán que seguir un programa toda la vida para suplir el déficit de branquias… todo eso porque no se le valora su verdadero talento de delfín…Si el consenso mayoritario consiste en que para tener éxito en la vida hay que ser un tiburón, el sistema educativo deberá estar destinado a educar tiburones.

Desde estos parámetros todo aquel pez con características similares que se pueda insertar, habrá que adaptarlo, integrarlo, habrá que tiburonizarlo.Los delfines dentro del currículo tiburónico son vistos como tiburones: disdentados, disaletados, por lo que tendrán que tener un plan de refuerzo.
Las ballenas, pobres tiburones con problemas de psicomotricidad.
El sistema está muy orgulloso por su atención a la diversidad pero no se explica como es posible que cada vez haya más tiburones desadaptados en el mar, sencillamente, porque en el mar hay muchos tipos de peces y no sólo tiburones…

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