domingo, 29 de abril de 2007

El Agua y las Tribus del desierto

En un desierto africano vivían muchas tribus nómadas que se movían por la sequedad en busca de agua.
Un día llegó un sabio ingeniero de unas tierras lejanas que con una poderosa tecnología trajo agua por un canal que embalsó en un inmeso lago de agua pura y cristalina.
Muchos fueron los que se asentaron en aquel lugar pero algunos sólo permanecieron un tiempo para llenar sus recipientes y marcharse. No querían depender de un extranjero…
Muchos otros no habían descubierto el lago pero como éste era tan abundante, sus aguas se filtraban en la tierra y llegaban a otras zonas, formando pozos subterráneos.
Cuanto más cerca del lago estaban los pozos, mejor y más abundante eran las aguas que contenía. Los pozos de la lejanía eran inciertos, a veces tenían agua, un agua en forma de barro, y otras veces, permanecían secos.
Las tribus del lago eran concientes de su privilegio y sentía el deber de llegar las aguas del lago a todas las partes del desierto. Así que se fueron reuniendo con los sabios de las demás tribus y les proponían la posibilidad de crear cauces por donde les llegara el agua en estado puro. Muchos recibieron la buena noticia con entusiasmo.
Otros lo vieron innecesario, pensaban que nada podría mejorar el fango de su pozo.
Otros veían con buenos ojos el agua nueva pero sentían con orgullo que debían defender la de su pozo y les propusieron mezclar las aguas, así llegarían al agua perfecta.
Otros se indignaban de que fuesen ofreciendo el agua del lago porque pensaban que cada cual era libre de beber su propia agua y no debería imponérsele ninguna otra. Otros, al ver el tono de estos últimos, se mostraban pacificadores y proponían una solución. De acuerdo, no nos enfademos todas las aguas son igualmente valiosas y de la misma calidad. Que cada cual tome la que le ha correspondido.
Por último habló el mensajero del lago: “Lo único que digo es que los que beben del pozo apagan su sed con el agua del lago aunque no lo sepan. Sólo el lago es la fuente original de la que procede todo el agua del desierto. El agua del lago es la salvación de todos lo que se salvan de morir de sed”.

El reino que se planteó el derecho a mear desde el balcón

Érase una vez un rey borracho que salió al balcón y se puso a mear desde la barandilla. Sus compañeros de juerga se lo pasaban muy bien con la conducta del rey pero la gente que pasaba por la calle quedó abochornada por ese comportamiento pero nadie se atrevió a protestar por temor a las represalias.
Para los adultos del reino quedó como una anécdota para olvidar pero para los adolescentes fue todo una referencia de diversión, libertad y autoafirmación.
Los transeúntes, al verse sorprendidos por tal desagradable lluvia comenzaron a quejarse, indignados. Hicieron un escrito formal y levantaron una demanda pública contra los supuestos agresores urinarios.
Los jueces se reunieron y comenzaron a debatir sobre el asunto. Diversas eran las valoraciones que se hacían de los hechos pero, al fin y al cabo ellos estaban puestos ahí por el rey, y si sentenciaban en contra de esa conducta, estaban acusando a su majestad de cometer una falta…
Las semanas iban pasando y el debate sobre el tema se oía en todas las esquinas. Muchos comenzaron a ver en esto, una manifestación de progresismo y se prodigaban en la conducta. Incluso hacían reuniones y meaban en equipo un chorreo espectacular.
Otros sin embargo, se enfadaban por la falta de cordura y organizaban manifestaciones en contra: “Mea feliz, mea contento pero coño mea por dentro”.
Tras varias semanas de reuniones y debates, los jueces se pronuncian bajo la mirada de todos:
- “Este ilustre tribunal decide que a nadie se le obligará a orinar desde el balcón, pero quien piense que debe hacerlo, debe poder hacerlo”.
Las protestas de algunos, sobre todos los que tenían sus puestos de trabajo en la calle, proliferaron pero eran acalladas por considerárseles fundamentalistas, intolerantes y de espíritu antimoderno.
Estas personas no cabían en su asombro pero cuanto más hablaban más acusaciones recibían: “insolidarios, que sólo pensáis en vuestro trabajo”, “meofobos, que no respetáis a los meofilos” (que mea el el “filo” del balcón).
Con la nueva ley, se reúne al parlamento y comienzan a negociar todo una serie de decretos para llevar a cabo la ley:
A nadie se le obligará a orinar desde el balcón, pero quien piense que debe hacerlo, debe poder hacerlo.
Para garantizar este derecho y teniendo en cuenta los accidentes que se han producido, será obligatorio acondicionará los balcones con arneses de seguridad. Quien no se ponga el arnes para miccionar será sancionado.
Los ayuntamientos ofrecerán ayudas para que los trabajadores con puestos en la calle, puedan adquirir toldos protectores.
Para garantizar la seguridad e higiene de los viandantes, deberán moverse con un impermeable homologado. De no cumplir con esta normativa, serán sancionados.
Los políticos estaban orgullosos de sus medidas pero no contemplaron las posibilidades creativas de los ciudadanos, que comenzaron a manifestarse desde el balcón mediante otras formas de excreción.
Se abrió nuevamente el debate… y los vendedores de papel higiénico industrial comenzaron a frotarse las manos.