Sólo los ingenuos se entregan
Sólo un ingenuo es capaz de esmerarse en amar sin medida en servicio y para el bien de los demás. El ingenuo ve en la llamada de Dios un favor recibido de sus manos, una gran oportunidad, un regalo del cielo, porque entiende que "es más gozoso dar que recibir" (Hch 20, 35). Es el verdadero poseedor de la sabiduría y la santidad. De su ingenuidad sacará la energía para rectificar, corregirse y volver a empezar.El ingenuo está dispuesto a sorprenderse cuando encuentra algo que valga la pena, a descubrir la perla preciosa y el tesoro escondido, y a dar la vida por ellos, a dejarlo y venderlo todo. El ingenuo es el bienaventurado "limpio de corazón", que agradece a Dios todo y quiere bien a todo el mundo. Su corazón no calcula: se enamora y ama. Sigue los pasos de San Juan de la Cruz que se afanaba en "poner amor, donde no hay amor, para sacar amor" o el camino de San Josemaría que soñaba con "ahogar el mal en abundancia de bien". Cuando se leen las bienaventuranzas da la impresión de que Jesucristo hace un cántico a los que saben ser ingenuos. Los que sufren, los mansos, los limpios y pobres de corazón, los mansos y pacíficos, serían considerados entonces y hoy por muchos como incapaces de entender "por dónde va la vida", cuando son los únicos que, de verdad, saben.
A Dios sólo se puede llegar de dos maneras: o siendo niño o agachándose mucho. No empinándose, sino inclinándose. No estirándose, sino empequeñeciéndose. Dios se acercó a los hombres haciéndose pequeño, Niño. ¿Podrán los hombres acercarse a Dios por distinto sendero? Dios quiere ser amado y sabe muy bien que los hombres tenemos mucha dificultad para amar nada que no podamos rodear con los brazos, por eso se hizo niño, y más aún en la Eucaristía. Qué verdad tan grande decía Bernanos cuando afirmaba que el mundo se mantiene en pie por la dulce complicidad de los santos, los poetas y los niños. Jesús nos recuerda la necesidad de tener ojos sencillos para que nuestro interior tenga luz, no se quede a oscuras (cfr. Mt 6, 22).
Venimos hablando de ojos y mirar ingenuos. Mucho tiene que ver todo esto con la pureza, como hemos recordado más arriba. Decimos que un objeto es puro cuando no tiene manchas ni adherencias, es limpio, claro, se conserva igual a sí mismo, sencillo, verdadero. La pureza del corazón, que es un regalo de Dios a los que la piden humildemente, significa que la luz de Dios puede pasar por él sin obstáculos ni opacidades. Supone estar libre de sí mismo, volar alto, no atado, ni vendido al yo. Lo contrario, la impureza, es la esclavitud del yo mezclado de impotencia y sentimiento de inferioridad, de presunciones y caprichos, con la consiguiente desesperación. El alma pura se levanta hacia Dios, Él es su medida, no el propio yo.
El hombre sencillo, el que tiene ojos y mirar ingenuos llega con facilidad a la autoconciencia de encontrarse existiendo. La situación de encontrarse existiendo, sin que uno tenga en sí mismo la razón de su origen ni la de su término, permite alcanzar una clara conciencia de que nuestra propia existencia es un don, una donación. Y puede constituirse, así, en foco que da luz y sentido a la propia vida, puesto que la encamina a estar permanentemente dispuesta a darse a sí misma en cuanto descubre el porqué y el para qué de esa existencia. Quien descubre que no existe por sí mismo tiene más facilidad para comprender que no existe para sí mismo; es más sensible al deslumbramiento que supone la llamada divina.
Fuente: Manuel Roca: "Cómo Acertar con mi Vida"